martes, 9 de junio de 2009

LA SERPIENTE DE ORO

LA SERPIENTE DE ORO

Sra ELISA RUIZ CARRASCO
Franco alto

Había una vez, un hombre llamado Serapio aproximadamente de unos 70 años, Muy aficionado a la cacería de venados. Tenía un perro llamado “Amigo”, por cierto, su fiel amigo inseparable.
Un buen día y como de costumbre preparó su vieja escopeta, se puso sus polainas, su ropa remendada y su sombrero de junco, llamó a su fiel “Amigo” y hechó a caminar llevando sobre sus hombros la escopeta y su alforja hecha de pabilo, la cual le servia para cargar su fiambre y su calabaza con agua para el día. Don Serapio era un hombre solo, sin familia, en la casa solo le acompañaba su perro, nunca tuvo hijos, el tiempo y los años lo fueron doblegando, sus ojos ya estaban empañados y marchitos pero con la mirada firme y segura. Se dirigió hacia el “jagüey”, ahí donde los animales salvajes que habitan en el cerro aplacan su sed. Un lugar adecuado para que Don Serapio se camuflara y esperara su ansiada presa, aunque esta vez la suerte le fallaría. Ya avanzado el medio día decide sacar su fiambre y comer, aprovechando que a esta hora los venados estarían sesteando por el fuerte sol. Le dio una palmadas al lomo de su perro y cariñosamente le dice “Amigo” vamos a comer, llego la hora de echarle algo a la panza… la tripas me crujen de hambre… su “Amigo” fiel, mueve la cola alegremente como si comprendiera lo que su amo le dice. Don Serapio busca un lugar cómodo para sentarse y descansar, saca de su alforja un mate repleto de chifles con cecina asada, comparten tranquilo y alegre con su fiel “Amigo”, no imaginando que seria la última vez que compartían juntos.
Cuando terminaron de almorzar Don Serapio se levantó y se dispuso a internarse en el chaparral, escondite que el mismo había preparado. La espera se hacia larga y la tarde empezaba a caer, cansado por el agobiante sol, le dice a su “Amigo” acariciándole: - Vaya vaya, Amigo que día, que malo este día, no es bueno para cazar, echémosle mejor regreso a la posada, mañana será otro día.
De pronto de un solo salto se puso de pie, grande fue su sorpresa al ver aparecer una enorme serpiente… pero la serpiente no era como las demás, esta era enorme y brillaba con el sol, al moverse entre el monte dejaba ver reflejos de luz dorada y al resbalar sobre las piedras dejaba un misterioso brillo sobre ellas…
Don Serapio estaba casi mudo, estaba asustado y temblando de miedo, sus ojos se abrieron como nunca y sentía que su sangre dejaba de correr, de pronto como por instinto sus manos empuñaron la escopeta y como un loco empieza a disparar sin poder pegarle ningún tiro, sus manos temblaban, no era como cuando cazaba venados y sus brazos empuñaban fuertemente la escopeta y no desperdiciaba ningún tiro, esta vez el pulso le fallaba hasta que se le agotaron sus fuerzas, se apoderó de el un miedo terrible y con su voz entrecortada empezó a gritar angustiosamente, su fiel “Amigo” que había permanecido nervioso ante la escena y al ver a su amo en peligro se abalanza contra el animal , demostrando su bravura de fiera salvaje y todo parecía que no permitiría que aquella bestia dañe a su amo. Don Serapio aterrorizado solo esperaba ver con angustia, como su inseparable amigo sería devorado por el terrible animal, pero asombrosamente esto no sucedió… al contrario, la serpiente en ningún momento atacó al animal y mas bien empezó a retroceder, deslizándose por los inmensos peñascos del cerro Pilan, el perro le siguió ladrando enfurecido, Don Serapio vio entonces que su perro desaparecía tras la enorme serpiente de oro… al rato y sobreponiéndose del gran susto, ya mas calmado Don Serapio esperó a que su perro regresara, la tarde ya fenecía y la noche empezaba a caer, cansado de esperar decide regresar a su choza, con la esperanza de que seguro el perro ya había regresado tal vez por otro camino, al llegar se dio cuenta que no era como el pensaba, el perro no estaba por ningún lado, esa noche Don Serapio no pudo dormir, se daba vueltas y vueltas en su barbacoa de un lado a otro esperando ver llegar a su perro, le asaltaba el miedo y recordaba lo sucedido aquella tarde… ya casi amanecía y el perro nada de llegar, cuando por fin asomó el sol y al ver que su perro no volvía decidió ir a buscarlo…
Llego hasta el “jagüey”, que alegría sintió al ver a su perro, se acerco al él rápidamente llamándole ¡Amigo! ¡Amigo!, pero el perro ni siquiera le mueve la cola, cabizbajo le mas bien huye…Don Serapio hablándole con cariño le llama, lo trata de convencer inútilmente, le invita de comer de beber y nada, el perro mas bien retrocedía, se mostraba muy extraño, temeroso, nervioso, era como si algo le impidiera acercarse…Don Serapio ni cuenta se dio que el día avanzaba el seguía empecinado a que su perro regresara con él, ni el hambre ni la sed impedían que el siga llamando a su perro, hasta que la noche empezaba a asomarse y con la tristeza que llenaba su alma decide regresar. Era su único compañero, su único “Amigo” fiel… trascurrían los días y nunca regresó su fiel amigo.Cuentan que después ya no lo veía al perro, solo escuchaba sus ladridos, a veces cerca, de veces mas lejos, el lo buscaba entre los matorrales pero nunca lo alcanzaba a ver sin embargo si escuchaba los ladridos entre los peñascos, entre el monte, seguro fue el encanto del cerro Pilan, dicen que si no hubiera estado el perro, el cerro hubiera encantado a don Serapio y seguro le habrían escuchado gritar…

EL CURA CABEZA MOCHA

EL CURA CABEZA MOCHA
(CUENTO)

FEDERICO SANCHEZ CRUZ



Eran más o menos los años de mil novecientos cuarenta. Yo andaba en los veinticinco- muchacho como tu - que algún día también contarás a tus hijos lo que en esta noche te voy a relatar. Tu padre nació acá en Morropón. Recuerdo que en este pueblo se vivía de la agricultura y de los animalitos que podíamos criar, eso si, bien comidos para poder trabajar de seis a seis; buena carne, cinco panes por medio, leche fresca y pura… No nos podíamos quejar. Un se divertía sanamente en los chicheríos y en las fiestas del pueblo. “Chamaquito”, “San Isidro” y la “Virgen del Carmen” eran fiestas muy mentadas en donde no faltaban la “cumanana” y el “tondero” a golpe de arpa y guitarra. La gente se amontonaba en el centro de la plaza o alrededor del chicherío a ver bailar o escuchar los contrapuntos entre los cumananeros más famosos, unos morropanos y otros forasteros… ¡Esos negros si que sabían cantar!
Eso si, en la fiesta aparecían los “Pitingo” o Froilán Alama o Isidoro, seguro que había muerto, pues esos que te estoy mentando eran pistoleros muy respetaus y muy famosos, el que menos les tenía miedo… ¡Esos eran hombres!... Después de una pausa y una mirada esquiva, continua el relato. Sus ojos se inquietan para escudriñar entre la quincha de varas de guayaquil como si entre ellas se ocultaran los osados personajes. Por culpa de ellos y de muchos bandoleros, los caminos se habían vuelto peligrosos. A la pobre gente que bajaba con sus piaras de la sierra para hacer sus compritas siempre los asaltaban y les quitaban su platita… No se… el hecho es que asaltaban y a veces hasta mataban y la gente comentaba a escondidas que ellos robaban para ayudar a los pobres Los asaltos iban y venían y la gente siempre pendiente Quienes eran los que se escondían cerca al cerro “Pilán” por el camino que conduce a Chulucanas y los caminos que van a la sierra.
La noche anterior aullaron los perros y corrían de un lado para otro, la lechuza hizo bulla en los techos y se revoloteó por toda la iglesia. Cerca de la quebrada de Sondorillo se asustaron las soñas y mi mamá pasó la noche sentada en la barbacoa pensando que algo malo iba a pasar. De vez en cuando cogía el rosario y las estampitas y les rezaba en voz baja. Hasta que aparecieron los primeros rayos de luz del día naciente. Ese día fue muy raro, opaco como suelen ser los días de desgracia…Creo que fue “Domingo siete”.
Recuerdo bien que eran las cuatro de la tarde cuando unos churres que venían por el lau del colegio “Mogollón” entraron por la calle Buenos Aires, temblando, asustadísimos y con gritos que casi nadie les entendía… e…e…el…cu…cu…curi…curita… e…e…el…cu…cu…curi… curi…curita. Muchas mujeres los llamaron, los hicieron sentar debajo de una ramada, les dieron agua con azúcar, los limpiaban con hierba del susto y cún-cún hasta que se tranquilizaron y dieron la noticia de haber visto muerto al cura. Cerca de la quebrada “Sondorillo”, camino por la trocha en donde los matorrales de overal, guayacán y papelillo se levantan como las nubes de marzo; allí se habían escondido los facinerosos y al curita que venía de celebrar la misa en honor a la Virgen de Pacaipampa, seguramente porque venía con botas, látigo, caballo y buen sombrero, lo confundieron con hacendado y lo asaltaron – Y como se resistió lo mataron, mochándole la cabeza. Esta noticia llego como la tempestad a todos los pueblos y penetró como penetra la humedad del aguacero serrano. La gente no hacía más que comentar este horrible crimen y se pusieron muy asustados, pensando en que Dios mande una maldición a todo el pueblo. Las tertulias y los rezos eran interminables. Se hizo nueve días de duelo, por que así se acostumbra – Usted hubiera estado en esos rezos todo era tristeza, era más tristeza cuando se cantaba la “Salve de las vacas”; la gente lagrimeaba al repetir el pedacito ese…¡Salve, Salve salve, Purísima madre!. Se recorrió en procesión a Chabaquito y se pedía castigo para los culpables…Recuerdo clarito como en los chicheríos mas famosos,a gope de atapa y madrugada, se escuchaban los versos:

El que asesinó al curita
faltando a la religión
no merece ni el perdón
de la Santa Virgencita
…el que asesinó al curita

Los malditos criminales
delincuentes corrompidos
por el crimen cometido
recibirán muchos males
…los malditos criminales


Desde que sucedió esa desgracia y por mucho tiempo, todos los muchachos teníamos miedo pasar por allí. Los agricultores que salían de sus parcelas, apuraban sus bestias antes que oscurezca y los gane la noche. Los mayores nos tenían advertidos que el “cura cabeza mocha” aparecía colgado entre las ramas de un overal, llamando a la Virgencita y pidiendo justicia. Allí está Marcial “Chilingo” que se fue a la leña y cuando le dio hambre fue a buscar la “gata” para comer y halló la portavianda vacía y todavía bien lavadita; lueguito sintió frío por todo el cuerpo, y antes que el curita lo atrape pegó la carrera dejando leña, hacha y burro.
Pasando la “pampa el gol”, cerca de la quebrada Sondorillo hay una pequeña loma donde antes se huaqueaba en Semana Santa. Al lado del camino, unas piedras grandes simulan un mausoleo o dan forma a una tumba con una torcida cruz de hualtaco. Algunos paisanos al pasar por allí, suelen ponerle una velita, un ramo de flores, una moneda antigua o rezar una oración por el alma del curita.
Y que cree, mi’jo, no ajustó ni un mes de muerto el cura, para que cayera Isidoro. Abatido por no sé cuantos balazos en ese caminito que va rumbo al “chorro”. La persecución había sido por varios días desde cruz de caña, entrando por Chulucanas y pasando por el Cerro “Pilán” para llegar a Morropón en donde al pobre lo abandonaron el caballo, las fuerzas y las balas.
Mucha gente vio agonizar a Isidorito y ellos me darán su palabra pues para que se pueda morir tuvieron que triturarle y rasgarle el pellejo como quien pela un chivo, porque debajo del cuero tenia imágenes de muchos santos que le impedían morir.
A espaldas de colegio “Miguel Grau”, hay un pequeño mausoleo hecho de cemento, empolvado y con una vieja cruz de corazón de algarrobo, allí la gente suele velar; pero que raro mi’jo; la vela la prenden por el “culito”. Un día pregunté a un curioso y me contestó que esto lo hacen las personas para hacer daño a otras, llevan su fotografía, la velan de esta forma y piden al ánima les haga ese “favor” … en fin… eso dice la gente...

LA QUEBRADA DEL CURA CABEZA MOCHA

“LA QUEBRADA DEL CURA CABEZA MOCHA”
(CUENTO)



Pedro Miguel Alvarado Merino



Tres vigias, heráldicos centinelas del pueblo, lo rodeaban quedando sumido entre sus faldas, Morropón: legendario pueblo de los negros pitingos del Corral del Medio, este noviembre de 1890 aun estaba somnoliento tras los quince días de rezos, campanas, jaranas de rancho con corpús, chica, tamales y anisao, procesiones de la Mamita del Carmen, bailes de tierra, castillo de cinco cuerpos, cantores de vereda, arpa y guitarra, borrachitos a la vera de las casas, títeres de Huancabamba, sermones admonitivos del Santo Cura… en el aire y en todo el ambiente aún ahumeaba el alboroto social de la festividad de la Virgen del Carmen. Un curita era el único encargado de misas, rezos, vísperas, procesiones, unas cuantas parejas de caseríos, y por que no abundantes piqueos y bandejas de pavo con chifles y ensaladita. Don Fulgencio, el curita, tras los arreglos de fiesta por sus adminículos y haber separado “los milagritos de oro y plata para darles resguardo santo y seguro”, alzó a su arisca mula las alforjas repletas con lo que habría de llevarle a su “santa comadre” la hermosa serrana Doralisa, residente en Pambarumbe donde tendría a cargo la festividad de San Roque. Caballero en su mula, santiguando al aire al pueblo se encaminó por el Jirón Alva hacia las afueras norte de la ciudad. A poco del canto matutino de los chilalos, la mula oliscona se adentraba por la profunda quebrada de Sondorillo, poniendo en alerta a su amo con el nervioso movimiento de las orejas. Apura el cura a la acémila sin pensar ni remotamente que entre los chopes de chico, cuncún y overal, le estaban poniendo los ojos los avezados criminales “El principe” y “la rata”. El cura Fulgencio acariciaba con las palmas de sus manos las barrigonas alforjas preñadas de milagros y limosnas carmelitas.
Bien “enchoaos” estaban los facinerosos el Príncipe y la Rata a la espera del paso del cura con la preciosa carga en la alforja de dos arrobas. – Ya sabe cumpa Príncipe, al estar frente a la mula, osté salta al camino y no lo deja pasar. Ordenó la Rata. Luego susurrando añadió: - Yo le salto al pescuezo al cura, lo ajusto con mi soga y si brinca mucho, le corto la cabeza…- ¡Listo¡. Saltaron como tigres a su presa y en menos del tiempo posible el cura Fulgencio rodó por la quebrada honda, la mula era detenida y la alforja quedaba en poder de los malandrines. Pero como el cura Fulgencio era robusto y un poco ágil a pesar de sus sesenta años, hizo resistencia y buscaba reconocer a los malvados… - Ya te conozco Príncipe…Este aviso fue el determinante de su muerte, porque el perverso asesino desenvainó el machete y de un solo tajo le corto el cuello y la cabeza del infortunado cura quedo saltando, arrojando borbotones de sangre y dando terribles alaridos. Con sangre fría sus asesinos se hicieron de la alforja, calmaron la acémila, le colocaron el botín y subieron en ella conduciéndola por caminitos cabreros hasta alejarse en dirección del encantado Maray, donde nadie los encontraría. La cabeza del cura saltaba como queriendo huir o recuperar el cuerpo separado. En el camino pasaban dos compadritos hablando de lo bueno de la fiesta, fueron bruscamente interrumpidos por el lastimero “Sálveme Jesús, ayyyyyyy Señor….. Ayyyyyyyyyyy”
- Que fue eso compadre?..oye osté? “Sálveme Jesús, ayyyyyyy Señor….. Ayyyyyyyyyyy, sálveme Jesús y María ”
- Cumpita es la voz del Padre Fulgencio, de seguro que lo asaltaron pa’ robarle los milagritos de la fiesta…. - Ayyyyyyyyyyy, sálveme Jesús y María ”
- Mire compadrito ay’ta que salta su cabeza del curita y se viene pa’nosotros…. ¡No huya compadre!... agarrémosla por piedad …
Cogieron la cabeza sanguinolenta y esta habló: -“Cristianos de Dios póngala sobre los hombros de mi cuerpo que esta arriba al alado del camino, junto al charán grande…
Tratando de no dejar la cabeza del cura, llenos de espanto, buscaron el cuerpo hasta que le colocaron la cabeza en el cuello que chorreaba sangre. En el pecho del sacerdote aun permanecía el crucifijo de plata que acostumbraba portar. Ocurrió lo inesperado: la cabeza quedó perfectamente ajustada a su cuerpo y el cura dejó de los lamentos para decir: - “gracias Señor… tu misericordia me ha vuelto la cabeza con la cual traté de pensar y hablar tu Evangelio… en tus brazos vuelvo mi Espíritu…
Recobrados de toda sorpresa, los compadres atinaron a conducir el cuerpo asesinado a la iglesia del pueblo, donde el revuelo cundió entre los moradores y al acercarse a la imagen de la Virgen del Carmen se dieron con la sorpresa de encontrar la alforja de dos arrobas repleta de los milagros y de las limosnas de la fiesta.
Aun no pasaban los nueve días del novenario del difunto, que se hacía por el curita muerto, en casa de su sacristán don Eleuterio, cuando se volvió a conmocionar la pacifica población de Morropón cuando entraba la oliscona mula romana del cura, por el mismo camino que antes salía, esta vez llevando los cadáveres del Príncipe y de la Rata, ambos lados y un letrerito escrito con sangre donde se leía: “la sangre de Cristo no muere”
Alos después apareció un curita que en sus petitorios de la misa, siempre agregaba: - “Roguemos por el Príncipe y la Rata “ y el pueblo se limitaba a contestar – Te lo pedimos Señor. Luego en romería se iba a la quebrada donde asesinaron al sacerdote a depositar ofrendas florales en la cruz grande donde se leía “Quebrada del cura cabeza mocha”…La tradición ha quedado y el tiempo ha olvidado rencores y habladurías sobre el cura, los milagros y los asesinos.

EL INDIO PILAN

EL INDIO PILAN
(CUENTO)



César Castillo Gutiérrez



El cacique ordenó:
- ¡Dadle muerte!
Los soldados arrastraron al sentenciado y o llevaron por el estrecho camino que terminaba junto a l cerro, al pie de la represa.
El poblado indígena, asentado en los alrededores de la ciudadela, se conmovió ante la orden de Pirúa y alistaron las ofrendas de barro: objetos misteriosos que con sus manos trataron de perfeccionar para explicar al mundo la profundidad de su obligado dolor de peregrinos mitimaes.
Durante dos noches se habían escuchado los gemidos de la tortura y , a la luz de la luna, se divisaban las siluetas de los vigilantes en el torreón del recinto militar. Esta vez denotaban inquietud y conmoción.
Habían transcurrido tres días desde el momento en que el indio Pilán cometiera la gran ofensa contra el espíritu de la Mamapacha, espíritu que corría por la quebrada en forma e agua cristalina y se deslizaba desde las alturas, naciendo allí donde las protuberancias telúricas escondían los ojos de la madre tierra.
A esas aguas, desde tiempos inmemoriales, acudía la Coya (esposa del Inca) a purificarse. Era en la segunda noche equinoccial, cuando las flores se alistaban a lucir su nuevo traje de gala. A medianoche penetraba en las aguas e imploraba a la Coyllur (estrella) que destellaba en el poniente, con palabras que el astro parecía comprender y corresponder con gestos titilantes. El rito era prolongado y el séquito, integrado por mujeres, entonaba de rodillas y a su alrededor cantos misteriosos.
El agua bañaba el cuerpo de las mujeres corriendo muy lentamente, como para no romper el manto orlado de brillantes que en ella empezó a tejerse desde el momento en que el sol se escondió en el cerro Vicús.
Con los primeros rayos del sol, la Coya abandonaba la quebrada y, al pasar por las calles del poblado y de la ciudadela, el saludo y la pleitesía de los indos la recibían. Es obvio mencionar la trascendencia que revestía la presencia de la Coya en estos lugares como lo era por todo el incario.
Los indígenas del dominio del Cacique Pirúa consideraban sagradas las aguas de aquella quebrada. El mismo sentimiento profesaban aquellos del vecino dominio del Cacique Pabur.
Por eso aquella tarde, cuando el indio Pilán en completo estado de borrachera, penetró en esas aguas, Pirúa se indignó y lo hizo apresar y torturar. No fue difícil atraparlo, pues el indio aún permanecía dormido en la orilla. La huara (pantalón) y las ushutas (sandalias) evidenciaban los hechos ocurridos destilando gotas de agua purificadora.
El villorrio mitimae, desde sus lugares de condena, atisbó con asombro la osadía del indio rebelde. Aquellos que habían llegado con el desde la Marca (pueblo) del dios Naylamp recordaron las veces en el paria incitó a otros llacturanas (súbditos del imperio) al levantamiento contra la autoridad del Inca. Sus constantes frustraciones lo arrastraron al alcoholismo y en su destierro obligado se separó de su familia . En las noches de luna abandonada el poblado y erraba de cerro en cerro.
Pirúa, Cacique de carácter generoso, desentendió adrede, por varias veces, las desobediencias del mitimae Pilán. Acaso leyó su rebeldía aquella vez que lo encontró en el camino real que unía este lugar con los dominios del Cacique Chira. Allí estaba el rebelde empeñado silenciosamente en reparar aquella parte del camino que la lluvia había dañado. El saludo sumiso se convirtió en una mirada fugaz que impregnó en el jefe indio la sensación de encontrarse frente a un enorme peligro.
Esta vez no debían haber reparos en la condena, pues la ofensa traspasaba lo humano y llegaba a vulnerar la dignidad de u ser sin cuya presencia la vida no sería posible: el agua. Por eso, ante la orden de Pirúa, los soldados llegaron con el recado a la ermita en cuyo altar de piedra debía cumplirse la condena.
Los ojos negros del cautivo contemplaron, por última vez, la cumbre del cerro Vicús, que en esos momentos había abierto sus puertas para guardar al sol y … junto a él, a sus espaldas, los ceros sin nombre a quienes narró su vida y sus pretensiones.
Cuando la ley, convertida en macana, cayó sobre la cabeza del rebelde, su grito de dolor estremeció los cerros de cima cima. Los soldados huyeron aterrorizados y, al llegar a la ciudadela, Pirúa mostrase temeroso y confuso ordenando sepultar el cadáver al amanecer.
Con la claridad inicial del nuevo día, los indígenas se dirigieron con sus ofrendas de barro para sepultar al sentenciado, pero ya se encontraban allí los soldados del Cacique. En sus rostros endurecidos por la guerra la sorpresa era mayor y muy visible la confusión: en aquel lugar no había restos humanos, ni ermita, ni vestigios de muerte.
La noticia espantó a Pirúa y a los nativos de muchos dominios de la redonda. Los ancianos del lugar aconsejaron a Pirúa buscar los restos en la cumbre del cerro. El mismo Cacique encabezó la búsqueda. Al llegar a la parte más alta del cerro una abertura mostró a los visitantes la posibilidad de ingresar. En el interior, los restos del indio yacían junto a una de las paredes: parecía estar dormido. El Cacique ordenó que los restos sean bajados y cuando los soldados se disponían a cumplir la orden un tañer misterioso de campanas estremeció el cerro, derrumbándose la mayor parte de la cumbre.
Pirúa y dos de sus soldados sobrevivieron al derrumbe y, cuando Almagro en 1532 llegó por estas tierras, escuchó con asombro la historia del indio Pilán que el mismo Cacique narró con estupor.
Los españoles, recelosos de algunas creencias indias, destinaron las aguas de ese hermoso y curvilíneo cauce al uso exclusivo de sus mujeres, denominándolo “Quebrada de las Damas”.
Mas allá, por donde nace el sol, enhiesto y rebelde aún, surcando los aires para sembrar las semillas de la libertad, se levanta el cerro que los españoles llamaron Pilán. Desde allí discurría el agua que alimentaba la pequeña represa de abajo y que el Cacique prohibió utilizar por temor a que se generalice el espíritu rebelde de aquel que, desde lo alto, lo miraba permanentemente como desafiándolo.
Pirúa, llamado Piura por los españoles, murió después de varios años de aguda sequía, a cuyo término la Quebrada de las Damas cambió su cauce unas hectáreas, mas allá.
Los siglos transcurridos muy poco han agredido la reciedumbre del Cerro Pilán, a cuya cumbre nadie se atreve escalar por temor a despertar su espíritu belicoso. Pero… aquella fortaleza en que Pirúa reinó va sucumbiendo poco a poco ante el duro golpe que diariamente le asesta el tiempo.
Hoy día, al pie de esta huella, existe el Poblado Piura la Vieja.